La heteronorma mata

2020, escraches en olas más grandes y más chicas. Capturas de pantallas de chats y testimonios. Nombres en listas interminables, insuficientes. Celos, control, golpes, abusos, violencia. Ellos se creen mortales e inmortales. Creen que son dueños de la vida y de decidir el momento exacto en el que se encuentra con la muerte. El límite hacia el acceso a un cuerpo apto para la hipersexualización es decisión suya. Creen que la muerte depende de ellos, se burlan de su hazaña, confían en que son hacedores del poder mayor. Creen que, como sus antecesores, alcanzarán años de impunidad, pero se equivocan.
Tienen menos de 20 años, acaban de salir del secundario, sin embargo no tienen pelos en la lengua y te dicen que te van a coger.

Necesitamos ESI.
No sé exactamente qué hay que enseñar a estos pibes sobre deshabitar una masculinidad que destruye todo a su alrededor, comenzando por ellos mismos y su sensibilidad, una vez que esta construcción está en auge, porque dejé el profesorado, me volqué hacia las infancias y seguí siendo yo, lo que sé lo aprendí en mi experiencia, sobre la que acá busco una idea de lo que hay que enseñar a las pibas en nuestras conversaciones.

La heteronorma mata.
El mandato de masculinidad y femineidad que se complementan en una simbiosis violenta, un polígono hecho de aristas que son cargas culturales sobre cómo nos afectamos con otres, sobre como demostramos interés, amor y acompañamiento. El amor no mata, no viola, no golpea y no somete. La heteronorma sí.

Pienso en mí, en mi infancia, en mi adolescencia y mi juventud. Los dos novios que tuve en las transiciones infancia/adolescencia y adolescencia/juventud. La relación que tuve con mis compañeros de escuela en primaria y secundaria, los conflictos que me generaron y los que enfrenté dolorosamente.
Recuerdo, hago memoria, estoy en el recreo, sola. No me gusta bailar reggaetón, porque soy gorda y una niña gorda bailando reggaetón es un asco. Mis compañeras bailan bien, se mueven en una coreografía inventada y lucen su comodidad y seguridad, se divierten con cosas que a mí no me hacen gracia, se lo expliqué durante años a todas mis psicólogas, me parece imporante, yo estaba decidida. Quiero jugar a las bolitas a la mancha a la matanza a lo que sea, pero el patio es de los chicos y yo soy una nena nomás, ahí, mirando a mis compañeras desde el costado, haciendo chistes y diciendo que no, cagandome de risa, pero desde el borde, al lado de la pista sentada comiendo caramelos.
En el último año de la primaria tuve mi primer novio, en séptimo. Él era de otra escuela de otro barrio, y me venía a buscar en su bicicleta y me acompañaba hasta cerca de mi casa, yo me iba sola con él y mis compañeras que se iban para el mismo lado y con quienes caminaba antes de la llegada de ese pibe a mi vida, ellas me miraban con una envidia que me decía que yo había logrado algo desde la vereda de en frente, y me gustaba sentir eso. Al fin alguien depositaba sobre mí el cariño y la seguridad que había sido recortado de mi cuerpo preasolescente antes de eso, durante todo el nivel primario, y que se había disuelto de mí misma a medida que pasaban los años y yo convivía con grupos de personas que me observaban y no sólo me obligaban a quedarme comiendo caramelos en vez de jugar a lo que quisiera, sino que además me nombraron gorda. La categoría estrella del bullying estaba en mi cuerpo y yo desde adentro lo licuaba. Un cóctel de violencia en mi cuerpo pequeño de primaria. Mi primer novio, que me cuidó lo que duró ese mínimo amorío de séptimo grado, me acompañó a mi casa todos los dias de la semana, me hizo sentir que un poco sí podía valer esa niña con cuerpo licuado, definió y estructuró mi mirada de las relaciones amorosas. Heróico, veloz, protector. Llenó mi cuerpo y mi percepción de sus significados y deseos. Ni llegué a pensar en los míos y después de eso retornar se pone complejo a medida que pasan los años. La heteronorma se inscribe en nosotres a medida que construimos nuestra identidad dentro de las instituciones educativas y fuera de ellas.
Durante la adolescencia, puntadas de violencia en mi cuerpo: anorexia, bulimia, más bullying, mi hartazgo y mis respuestas hacia quienes me hacían daño. Una negativa concreta: no quiero ser obligada a ser como las demás porque no puedo hacer parte de mi carne una actitud femenina ajena a mis deseos. Me niego a ser maquillada, vestida, peinada, apretada, vendida, modificada para agradar. Simplemente no podía. Quería correr, transpirar, caerme, pedalear rápido, caerme, ensuciarme, sonreir. La heteronorma intenta mantenerte en un estándar de persona, encastrable a otra, cuyos roles son binarios y se distinguen. Ser femenina es la única opción -te hace creer-, este es tu camino. Yo sabía que podía elegir jugar a lo que quisiese, porque el deseo era más fuerte.
Comencé a ser consciente de ellos y a defenderlos. Como una mariposa dark iba a la escuela sin comer, escuchaba metal y me quebraba sola. Me escabiaba a morir en antros para mayores de edad y fumaba porro en cualquier plaza a cualquier hora. Me hacía mierda y ningún impulso de supervivencia me rescató de esa horrible pesadilla, sólo mi familia preocupada, idas y vueltas en terapias, meses o años de fluoxetina. Finalmente, un nuevo héroe logró sacarme del todo del pantano de fantasmas que me absorbía. Un pendejo violento que me arrastró hacia sus inseguridades y fingió demencia finalmente, pero que se acercó a mí para salvarme de la tragedia, para depositar primero en mi cuerpo una seguridad y una satisfacción centrada en su percepción y de nadie más. Yo, hermosa para él, con mi carisma para él, con mi tiempo para pasarlo a su lado, con mi cama compartida y caminando de la mano, creciendo juntos hacia su futuro paki soñado: la familia típica heteronormada con pizcas de un hippismo berreta creación de su manipulación, que por un instante me creí. La heteronorma un día casi me mata. Lo dejo y conozco lo que es ser feliz. Vuelvo a habitar mi carisma, esta vez sabiendo que la heteronorma puede matarme, como sucedió y sucede hoy, en nuestro país cada 23 horas, incluso encerradas. Esa realidad quiere decir que lo que se guarda en nuestros hogares, en nuestra intimidad, la heteronorma que sostiene nuestros vínculos, se lleva a una cada día.

No podría escribir palabras exactas de mi presente sexoafectivo, me cuesta comprenderlo pero te juro que lo intento. Les cobro a los tipos por coger y capitalizo mi erotismo pero también el resto de tantas cosas que puedo brindarles. No me interesa demasiado hacerlo gratis, pero la experiencia me deja algo más que unos billetes, algo que tengo la oportunidad de ver sin afectarme necesariamente. Estudio, analizo sus comportamientos: varones cis que no me atrevo a asumir heterosexuales me hablan de sus vidas, de sus deseos, me buscan, pasamos un rato divertido y me dejan cerca de mi casa. Los veo un par de veces y con algunos genero un vínculo agradable, respetuoso, y aunque algunas no quieran saberlo, humano y solidario. Mucho de lo que gratis no se consigue: el respeto de las normas en las que se basa un intercambio mercantil. Cuando el intercambio es afectivo, el intercambio es una guerra de significados y sentimientos. Yo no busco eso. Busco generar un ida y vuelta que valga la pena, pero que no me mate y me sea retribuido por el esfuerzo que pongo con mi presencia, mi cuerpo lleno de significados, y el sinfín de etcéteras que puedo ofrecer. Mi experiencia, antes de que se atrevan, puedo narrarla sola, y me animo, como tantas otras que quieren ser escuchadas en su ser putas. La heteronorma no puede matarme si uso herramientas para controlarla y transformarla con los fundamentos necesarios.

Deseo con todas mis fuerzas, como feminista y soñadora, que las niñas de hoy y de mañana, ya no esperen héroes, ni protección, ni que alguien ajeno llegue para cargar de sentido de seguridad y de amor un cuerpo deshabitado. El amor y el valor sobre nosotras mismas es intransferible, se construye sobre nuestra historia que sin dudas muchas veces está llena de violencia, dolor y soledad. Es tarea de las mayores no permitir que aparezcan, perduren o se ensanchen agujeros negros sobre nuestro cuerpo. Es preciso sanarlos con urgencia, prever las posibilidades: cuidar y dar amor a las más chicas, a nuestras hijas, sobrinas, vecinas. Por las dudas que sobre y no que falte, jamás nadie se empachó de una educación amorosa. Pero claro, el amor que se brinda a las infancias y que necesitamos para prevenir la estructuración de violencia futura, no diferencia niñas y niños. Como niñera, fundamentalista de la amorosidad, creo con todas mis fuerzas que no es posible un mundo feminista si no nos ocupamos entre todas de generar redes de apoyo para fortalecer las tareas de cuidados. Creo que es preciso educar con sensibilidad, practicar la paciencia y observar con respeto el mundo de emociones que suceden en une niñe. Respetar el tiempo y el espacio, invitar a la reflexión, y en cuanto un berrinche salga hacia afuera, no verlo como un problema, pues una expresión nunca puede ser un problema, sino la apertura de puertas hacia un sentir que existe y que debe ser sanado. Niñes capaces de expresar sus emociones en un ambiente que se los permite y les invita a hacerlo, son jóvenes segures, que no necesitan practicar el poder sobre otra persona, porque generan vínculos en los que el poder no entra en juego sino el respeto y el amor, y adultos capaces de generar intercambios responsables y de gozo, ya sin cadenas, donde la heteronorma no puede matarnos, porque fue traicionada, rota, en nombre del genuino amor a la libertad. Confío, deseo, trabajo sobre eso. Invito a todes a ocuparse. No es solo tarea de les docentes en las aulas o de las madres en la casa. El cuidado de las infancias son una responsabilidad social sobre la que creo que les que apuntamos hacia un mundo feminista debemos poner manos a la obra, conversar, compartir experiencias e información. 
En un ambiente amoroso, no crecen ni héroes ni princesas, solo niñes libres. Es nuestra tarea habilitar que ese ambiente no sea solo la casa o solo la escuela, sino que se extienda hasta la vereda y cruce las calles. Mientras mayor sea la responsabilidad que tomamos, más cerca está ese ambiente de nuestres niñes. Un mundo feminista, amoroso, libre y seguro se construye trabajando juntes.

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